Nada tan mórbido, advierto. Cuando muera quiero velorio y esas cosas tan agradables. Mi esposa no será molestada con cosas tan triviales como recibir pésames. Mis hijas, sin embargo, harán todo lo contrario.
Siendo ellas personas sarcásticas e inteligentes (porque más me vale que lo sean), recibirán todos y cada uno de los pésames con respuestas sarcásticas e inteligentes.
-Lamento lo de tu padre. Era tan bueno…
-Ni tanto, robaba de las limosnas en la iglesia.
-Pero si tu padre nunca fue a misa.
-Qué poco conoció usted a mi padre. Haga el favor de guardar silencio.
-Quiero que sepas que estamos aquí para ustedes con lo que necesiten.
-Le pedí amablemente que guardara silencio.
Y así responderán a cada una de esas cosas. No digo que no se entristecerán por mi muerte, pero a mal tiempo, buena cara. O eso he escuchado.
Una vez recibidos los pésames, todos se preguntarán quién es el viejo dormido en uno de los sillones bajo circunstancias tan poco adecuadas.
-Es el tío Gabriel. Lloró mucho, por eso lo dejamos dormir.
Unas cuantas horas de café, galletas y conversaciones necesariamente superficiales, se abrirá el a-ta-úd (lo divido porque no me gusta esa palabra) y mis hijas armarán tremendo drama porque el cuerpo ha desaparecido y en su lugar hay un montón de libros sobre teoría literaria.
Por cierto, ese que estaba durmiendo no era el tío Gabriel.
Se dice que los noruegos despiertan a las dos de la mañana, toman una taza de té vacía, la arrojan por la ventana y no duermen hasta que pueden arrojar una taza sin que se rompa.
En la ahora extinta tribu Qi-san-ton de China durante la edad de acero, con el fin de mostrar su recién-adquirida-hombría, los adolescentes solían comer la mayor cantidad de flores que pudieran en un día. Costumbre no-muy-varonil según los exploradores occidentales.
Los González-Cerna, alegres vecinos míos, están acostumbrados a repetir después de la hora de la comida ciertas palabras varias veces hasta que pierden su significado. En cierta ocasión pude presenciar que repetían la palabra “bola” una y otra vez durante poco más de tres horas. Anna González, la hija menor de la familia, más o menos de mi edad, de ojos alegres y cabello castaño, al verme pasando frente a su casa, me invitó a comer mañana. Invitación que rechacé porque me parecen de mal gusto sus costumbres de sobremesa.
Mi amigo Marco dice que conoce a un vagabundo que colecciona pedazos de diplomas. Al preguntar cómo es posible que un vagabundo tenga acceso a diplomas para semejante colección, él suele divagar un poco con respecto a sus métodos para terminar evitando el tema. Tal vez no deberíamos creer semejantes disparates.
¿Qué sientes cuando las olas del miedo te arrastran
a nada, porque tienes miedo?
Soñé con alguien que no conocía, cabello rojo ligeramente ondulado, ojos verdes, vestido a rayas verdes horizontales, viéndome con ojos de fascinación recorrer un lugar que no conozco. La veo, me sonríe y me toma de la mano.
-¿Cómo te llamas?
-Leonora. ¿Tú?
Le dije mi nombre y me di cuenta de que seguía tomando mi mano y me llevaba a no-sé-dónde, pero confiaba en ella, me hacía reír y era todo lo que un niño de doce años puede soñar. No la conocía, pero sabía que podía confiar en ella. Luego desapareció y tuve que caminar solo por un tiempo deseando que apareciera.
Cuando la vi de nuevo me preguntó si la extrañé. Que sí, mucho.
-Yo también te extrañé. Por eso vine. Pero me tienes miedo
Acariciando mi mano.
Y sabes quién soy, pero aun así te lo preguntas.
Me besó en la mejilla. Uno de esos besos en la mejilla que causan una especie agradable de escalofríos.
-Estás dormido. Pero búscame cuando despiertes. Te juro que valdrá la pena.
Al despertar lo supe. Tomé el teléfono.
-Hola.
-Hola. ¿Qué pasa?
-Nada, ¿estabas dormida?
-Sí, pero ya no.
-Perdón.
-No te preocupes. ¿Qué pasó?
-Es que acabo de soñar contigo y me dijiste que te buscara al despertar. Pero eras diferente, era como si te gustara o algo así y en el sueño no te conocía hasta que hablábamos. También me dijiste que te tengo miedo y que me pregunto quién eres, a pesar de que lo sé. Y me tomabas de la mano y me besaste en la mejilla.
-Pues no está tan errado el sueño.
-Y me dijiste que te buscara al despertar.
-Qué raro.
-¿Qué?
-Acabo de recordar lo que estaba soñando. Soñé que te conocía… y me portaba así, porque me gustas mucho. Digo, en el sueño.
-¿Solo en el sueño?
-Sí.
-Ah, bueno.
-Qué tonto eres.
-Entonces no es solo en el sueño.
-¿Qué no se me nota?
-Pues no.
-Tonto.
-Tonta.
-Pues somos un par de tontos, que bien que se quieren y no hacen nada. -Pues sí.
-Pues sí.
-Pues podríamos hacer algo. Digo, si quieres.
-Sí quiero.
-Entonces tengo que verte.
-Tonto, son las cuatro de la mañana.
-Espera a que amanezca. Te juro que valdrá la pena.
¨De aquí, cabrones, nadie sale sin luchar" -Leonardo da Jandra
"Todo se mueve, todo, como todo así... se mueve" -Marco González
Un hombre camina sobre avenida Revolución, avenida de estatuas. Entra a una cantina y se sienta frente a la barra. El cantinero pregunta si puede ofrecerle algo de beber. El hombre contesta que no, que ya ha estado ahí y que bien sabe que los hielos están envenenados. Dicho esto, toma un banco y emprende la carrera hacia la puerta, hacia la calle, hacia un puente peatonal. Sube al puente y a la mitad de él se detiene y grita "Allá en la fuente". Arroja el banco hacia el tráfico y se retira tranquilo a su casa, sabiendo que ha hecho bien.
“Yo soy ese fósil que está frente a mí. Corrijo, yo soy ese fósil que algún día estará frente a mí” -Leonardo da Jandra
Armadura del extraño sueño que tuve la noche del 19 de noviembre del 2007, en el cual no participé más que como espectador.
Los maestros dedicados a la academia gozan de más facultades que los simples académicos. Están en una posición de poder que la mayor parte de nosotros no alcanza a comprender. El héroe de esta historia será un profesor académico. El escenario será la universidad que soñé, construida al estilo de las academias griegas clásicas (incluso construida en la cima de una montaña). Pero todos sabemos cómo funcionan los sueños.
De aquí se desata una historia algo trillada. Nuestro héroe conoce a una de sus nuevas alumnas, a la cual llamaremos Pilar. Nuestro héroe, académico de temas filosóficos, no puede evitar sentirse atraído por la belleza (no solo superficial) de Pilar, y algo así como viceversa, porque gradual pero rápidamente crece entre ellos una relación que solo aquellos que se han visto en estas situaciones pueden entender.
Las tradiciones en aquel tiempo dictaban que no solo se hablara de amor, sino que se demostrara qué tan verdadero era. Esto se lograba cuando el pretendiente se encerraba en un calabozo por veinte días, a veinte metros bajo tierra.
Con la finalidad de probar su amor, nuestro héroe se recluirá en uno de los calabozos de la universidad (porque así funcionan los sueños), atado de manos por unos grilletes metálicos unidos a la pared. Pasará veinte días de hambre, frío y oscuridad por probar su amor por Pilar. Mientras tanto, ella gozará de sublimes banquetes y fiestas (porque así funcionan los sueños) y el tiempo pasará tan rápido que parecerá que el sol deja una estela de luz en el cielo mientras pasa.
Al vigésimo día, Pilar recibe una carta de nuestro héroe, en la que que se puede leer con una caligrafía admirable:
Vigésimo día. El alba se asoma a gritos por la puerta. Se escuchan los cantos terrestres.
Se dice que los cantos terrestres sólo se pueden escuchar a veinte metros bajo tierra cuando amanece. La diferencia aquí es que no solo los escucha el recluido, sino también Pilar. Esto no suele ser visto como buena señal.
El alba que se asomaba tenía colores azules y naranja, como aquellos amaneceres nostálgicos. Pilar corrió a la universidad preguntándose si debería pedir que desencarcelen a su amado o si debería dejarlo más tiempo. La respuesta fue pedirle al capataz (porque así funcionan los sueños) que lo libere en seguida.
Al abrir la puerta se encuentra con unas escaleras que llevan a un cuarto muy oscuro. Una vez alumbrado con antorchas, horrorizada, nota que solo los huesos de nuestro héroe se encuentran atados a los grilletes, colgados por su propio peso.
Siguiendo la tradición, se pulverizan los huesos y se le entregan a Pilar en un tubo de metal sellado. Pilar estalla en llanto y entre los sollozos dice muy claramente:
-No era amor verdadero. ¿Qué esperanza puedo tener ahora?
Fin del sueño. Despertar de golpe y preguntarse qué esperanza tengo ahora.
Como un hilo de seda suelta soplado hacia una pared, ella camina sobre el borde del camino en el jardín y se está muriendo gradualmente de alguna especie de anemia emocional
Y alrededor hay un tumulto de los sucios, necios, in-asesinables hijos de los pobres. Ellos heredarán el mundo.
En ella esta el fin del apareamiento y su aburrimiento es excesivo y exquisito
Le gustaría que uno se acercara a hablarle y casi tiene miedo de que yo cometa esa indiscreción.
El ático - Ezra Pound
Ven, compadezcamos a aquellos mejores que nosotros ven, amiga mía, y recordemos que los ricos tienen sirvientes y no amigos, y nosotros amigos y no sirvientes. Ven, compadezcamos a los casados y a los solteros.
El alba entra con pequeños pies como una Pavlova adornada, y estoy cerca de mi deseo. No la vida tiene algo mejor que esta hora de claridad, la hora en la que despertamos juntos.
Me habla al oído como con miedo. Siento el techo cayendo sobre mis ojos. -Separación violenta entre mis manos y el suelo. Y tiembla el suelo como con miedo da-da-da-da-da cállate, no me hables. -Muchas voces tiemblan hablando a gritos sobre nada. Y estaba despierto, soñando, cuando el miedo me hablaba al oído da-da-da-da-da pero mi corazón no suena así. da-da-da-da-da (cada vez más rápido) Ese ruido no sale de mis oídos y despierto del sueño-lúcido-despierto y mi corazón está volando. Pero no hay terremoto y no estoy volando.
En cierto planeta lejano, cuyo nombre se pronunciaría como algo parecido a "mordksluiknic", vivían tres jóvenes alienígenas dedicados al ocio. En uno de sus momentos de ocio, decidieron jugar la versión de su planeta de piedra-papel-tijera, que en ese planeta tiene un nombre poco más excéntrico y difícil de pronunciar. Al no poder decidir quién jugaría con quién primero, decidieron experimentar jugando los tres al mismo tiempo.
A la cuenta de ocho (como solía llevarse la cuenta en ese planeta), los tres muchachos extendieron sus extremidades superiores mostrando la herramienta de su elección.
Conociendo mis relatos, cualquiera sabe que se aproxima una complicación absurda, jocosa y, más que cualquier otra cosa, innecesaria.
Complicadamente, el primer muchacho extendió el equivalente a piedra, el segundo el equivalente a papel y el tercero a tijeras. Los extraterrestres se miraron unos a otros, estupefactos, por lo que parecieron horas pero realmente fueron segundos, porque como consecuencia de esta coincidencia tan improbable, su planeta implotó y creó un hoyo negro que desde entonces ha consumido planeta tras planeta.
Los científicos calculan que para el año 2014, este hoyo negro tragará también al planeta Tierra.